Los grandes festivales pretenden erigirse en el metrónomo del pulso flamenco. En su afán de liderazgo en unos casos, y en el de la foto de portada de prensa en otros, hacen sus programaciones al aire con presupuestos de impresión.
Lo sorprendente de todo esto estriba en que la inmensa mayoría parecen fotocopias unos de otros. Siempre las mismas fórmulas y las mismas figuras. A esta falta de originalidad debemos sumarle los cruces de artistas, la cercanía y el solapamiento de fechas, la falta de información y lo más importante, el engreimiento de algunos programadores que ven el summum de la originalidad y de la organización cuando se miran al espejo.
Por eso, cuando veo un cartel repleto de artistas que aun no han llegado a ser mediáticos, me da mucha alegría; aunque en el fondo sepamos que la motivación real sea la falta de presupuesto.
El verdadero reto está en hacerlo buscando que el espectáculo sea más compacto, o simple y llanamente, que el festival sea un verdadero pulso del panorama del flamenco.